La família Palomo a la Rambla
després de la Guerra Civil
El periodista Moshé Yanai (Barcelona, 1930) rememora com ell i altres jueus van ser expulsats en secret d'Espanya el 1944 per
decret del Govern franquista
Javier Dale,
La Vanguardia, 26 de març de 2010
Hace
66 años, cuando arrancaba 1944, Moshé Yanai avistaba por primera vez la
silueta de Haifa, entonces parte del protectorado palestino del Reino
Unido. Cerraba así un trayecto que duró días a bordo del Nyassa, un
buque portugués que era el primero en cruzar el Mediterráneo sin escolta
desde el arranque de la Segunda Guerra Mundial. Su puerto de origen
quedaba ya muy atrás. Y también una tierra, una ciudad, un idioma, una
vida y una identidad: la suya propia. Hasta ese momento, Moshé Yanai
había sido Mauricio Palomo, un niño cuya vida había transcurrido en el
principal 1º de la calle Marqués de Campo Sagrado 28 de Barcelona, la
ciudad que le vio nacer. El por qué de su llegada a Haifa en aquel 1944
sólo encuentra una respuesta: Mauricio Palomo –Moshé Yanai- es judío.
Yanai, que hoy cuenta 79 años, ha dedicado gran parte de su vida a
ejercer de traductor y periodista en Israel. Pero nunca ha olvidado
Barcelona, Catalunya, ni el misterio de su salida de España. El pasado
verano una nueva información le permitió arrojar luz sobre su propia
existencia. Lo que le ocurrió a él, a su familia y al grupo de judíos
que abandonaron España en enero de 1944 fue que fueron oficialmente
expulsados.
La pesadilla de la familia de Moshé Yanai, hijo de dos turcos
emigrados a Barcelona, empezó el 20 de diciembre de 1940. “Dos agentes
secretos llamaron a la puerta de nuestro apartamento –recuerda- , y
pidieron a mi padre acompañarlos a la comisaría para contestar algunas
preguntas, pero le llevaron a la cárcel Modelo. No le preguntaron nada,
nunca hubo una acusación contra él”. Así, José Palomo, un hombre que
había llegado a Catalunya dos décadas antes, donde se había establecido
como comerciante y había fundado una familia pasaba de ser un ciudadano
sin pasaporte pero libre a un recluso que fue trasladado de inmediato a
un campo de concentración ubicado en Miranda de Ebro (Burgos). “Era
judío y apátrida; en otras palabras, persona no grata”, afirma con
amargura Moshé Yanai, que recuerda cómo su padre mantuvo la esperanza de
poder volver a Barcelona: “Durante los primeros años de nuestra
permanencia en la Palestina bajo mandato británico, mi padre ansiaba que los aliados
derrocasen el régimen de Franco y pudiera regresar. Después de tantos
años en Barcelona, y tras haber dominado tanto el castellano como el
catalán, se consideraba hijo de esa tierra que le había acogido, por la
que realmente tenía un profundo cariño”.
Franco y los judíos
La única suerte de la familia Yanai/Palomo fue que la detención del
padre no implicó la del resto de la familia. “El régimen franquista era
cruel, pero en ese sentido se portó en otra forma que los nazis –explica
Moshé Yanai-. Las familias de los detenidos judíos no fueron tocadas”.
Sin una persecución organizada contra los judíos, pero sí atentos a las
denuncias que se pudieran recibir, Yanai aún no tiene una explicación a
porqué su padre resultó detenido, y no otros judíos de su familia. El
único argumento que encuentra es el de la denuncia directa de algún
comerciante que conociera la religión de su padre y que quisiera
“ampliar mercado” en una época de carestía: “Suponemos que fue detenido
por una denuncia de alguien a quien mi padre habría perjudicado
comercialmente”. La historia y los archivos ofrecen respuestas a algunas
de las preguntas que han acompañado a Yanai a lo largo de su vida.
Lamentablemente, la memoria histórica no puede responder a todas. Quizá
la denuncia que supuso el éxodo de los Palomo aún exista entre algún
legajo de papeles olvidados, quizá el tiempo amarillo ya la haya
corroído. Pero ese papel, ese aparente trámite burocrático, rompió la
vida de una familia por el delito de ser judía.
Mientras el niño Mauricio Palomo y su madre trataban de sobrevivir en
la Barcelona de posguerra, su padre, José Palomo, languidecía en un
campo de concentración en Miranda de Ebro. La primera vez que Moshé fue a
visitarle se estremeció: “Nunca había visto un lugar de reclusión
–rememora-. Los ennegrecidos muros coronados por alambres de espino eran
tan amenazadores como los ceñudos rostros de los soldados de guardia”.
El encuentro familiar –el único en todos los años de reclusión de José
Palomo- fue dramático, por mucho que el padre de Moshé quisiera, con
sentido del humor, rebajar su padecimiento y evitar el sufrimiento de
sus seres queridos: “Nos contó alguna que otra anécdota, enfocándola de
modo tal que pareciera que todo era en broma. Pero no había nada cómico
en lo que ocurría”. Paradójicamente, el hecho de José hablara catalán le
permitió obtener el favor de alguno de sus carceleros: “A los
guardianes que procedían de Catalunya les encantaba hablar con él en el
excelente catalán que conocía. Eso sí, con mucha discreción”.
Entretanto, y sin la conciencia de si su padre saldría alguna vez de
la cárcel –o con el temor de que pudiera morir allí-, Moshé y su madre
seguían con su vida. Como parte de la comunidad judía de Barcelona
–Yanai estima que serían “unos cuatro o cinco mil” antes de la Guerra
Civil- seguían con sus ritos. “Si no me equivoco, la sinagoga de
Barcelona estaba cerca o en el Paralelo, y constaba de una sala de
oración sefardí y otra ashkenazi”. A pesar de todo –el encarcelamiento
de su padre, la observación discreta de la religión- Moshé y su madre
pudieron seguir practicando su religión sin ser recriminados.
“Afortunadamente, desconocía lo que era el antisemitismo. Por eso, y a
pesar de todo, mantengo esa actitud tan positiva con respecto al país en
donde nací. Pero con la guerra y las conmociones de aquella época, no
llegué a obtener ninguna educación religiosa. Lo único que mi madre hizo
cuando cumplí los 13 años fue realizar la ceremonia del Bar Mitzvá”.
Poco imaginaba entonces que, poco después de la ceremonia, su vida iba a dar un giro de 180 grados.
La expulsión
Sólo había pasado un mes y medio desde que había cumplido con el rito
del Bar Mitzvá cuando Moshé Yanai se vio paseando por Cádiz de la mano
de su padre, puesto en libertad, y de su madre. En apenas 45 días la
vida de este niño judío catalán había dado un vuelco: la familia volvía a
estar unida, pero se veían obligados a abandonar Barcelona, Catalunya,
España, sin una explicación.
En Cádiz, alojados en el Hotel Playa, más de 500 judíos de distintas
nacionalidades esperan a embarcar en el buque portugués Nyassa, con
destino a Haifa. Saben dónde están y a dónde irán, e intuyen lo que les
espera. Pero aun no saben por qué están allí. Por qué les obligan a
irse.
El pasado verano, un reportaje publicado por Diario de Cádiz resolvió
al fin el enigma: fueron expulsados. Cuando el Nyassa partió, la
Delegación del Gobierno de Cádiz recibió varios telegramas. Entre ellos,
el que decía: “Prohíbase la entrada en España, aunque traigan
documentación en regla, a los súbditos extranjeros Josef Palomo Sagués,
de 37 años, hijo de Mauricio y Sara, natural de Bruyrquía, y Rudolf
Heymann, de 42 años, hijo de Luis y Betty, natural de Hamburgo
(Alemania). Expulsados del territorio nacional”.
La orden nunca se hizo pública, ni fue comunicada a los expulsados.
Como tampoco, en las breves noticias publicadas en los medios de
entonces, figura que el Nyassa hiciera escala en España. Sólo Diario de
Cádiz publicó algo al respecto: “En tren especial ha llegado la
expedición que se esperaba, integrada por 550 israelitas de distintas
nacionalidades que se hallaban refugiados en España. Se hará cargo de
ellos la Cruz Roja, que los trasladará a Palestina en un barco portugués
que es esperado el próximo lunes”. Pero no concreta –no podía
concretar- que entre los israelitas se encontraba un grupo de judíos
expulsados del país.
“No estaba loco”
Pilar Vera, la periodista que encontró el telegrama que confirmaba la
expulsión de los judíos españoles, comenta que el hallazgo fue casual,
casi una fábula. “El Archivo Histórico de Cádiz no guarda las causas por
su nombre. Es decir, uno no puede buscar masones’ o ‘prostitución’ y
encontrarse con todos los expedientes, sino que tiene que saber lo que
busca`, o a quién busca”. Indagando sobre documentos vinculados a un
hombre apellidado Palomo halló el telegrama “relativos a órdenes de
expulsión. Entre ellas, por supuesto, estaba la familia de Moshé”. El 22
de Enero, la Dirección General envió un primer telegrama informando de
una lista de apátridas –”Eufemismo para judíos en tiempos de Franco”,
concreta Vera- que embarcarían en el Nyassa. Pero las autoridades
franquistas esperaron a que el barco arribara a Haifa para emitir la
orden de expulsión.
Cuando Vera contactó con Moshé Yanai para confirmarle que, en efecto,
tanto él como su familia como el resto de los judíos que viajaron en el
Nyassa habían sido expulsados, el anciano judío catalán sintió “una
gran emoción, la sensación de que, al fin, se había cerrado un capítulo…
y de que, sobre todo, no estaba loco”, explica la periodista, que
añade: “dado que el régimen franquista mostró, por comparación, una
actitud más tolerante hacia los judíos que los otros fascismos en
Europa, sonaba muy extraño que se hubiera llevado a cabo la expulsión de
un grupo de judíos del territorio nacional”.
Una nueva vida
En Haifa, y ya con Barcelona como el recuerdo de un imposible obligado a
la nostalgia, la familia Palomo pronto fue la familia Yanai. Fueron
años duros: Israel no existía –Palestina era un protectorado británico-,
y la familia tuvo que adaptarse a nuevas circunstancias. La primera –al
menos para Moshé- aprender hebreo: “Había que dar un giro completo:
escribir a la inversa, de izquierda a derecha. Y luego puntos y rayas en
lugar de vocales… Y eso que todavía no sabía que en el hebreo moderno,
que mi padre todavía no conocía, habían desaparecido tales adiciones que
hacen las veces de vocales. Pronto se instaló en una aldea agrícola
–Ben Shemen- donde conoció a un tal Shimón, que con el tiempo sería
Shimón Peres. Fueron tiempos de carencias, en los que Moshé aprendió a
sacarse las castañas del fuego: como muchos judíos, ante las
dificultades de su situación, pretendían viajar a Latinoamérica, el
joven Yanai pudo empezar a ganarse la vida como profesor de castellano.
Al poco, se establecieron en un arrabal de Tel Aviv junto a la mayoría
de judíos que llegaron de España.
La paz llegó a Europa, y al cabo de tres años nació el estado de
Israel, y en paralelo Moshé Yanai empezó a hacerse una vida: su dominio
de varios idiomas le permitió establecerse como traductor, más tarde
como periodista. Para su padre, el expulsado Jose Palomo, preso durante
tres años en un campo de concentración, la vida no fue tan fácil:
“Ansiaba que terminara la guerra para que los aliados derrocasen el
régimen de Franco, y pudiera regresar. En Israel siempre tuvo una
condición modesta. Pero no dejó nunca de trabajar. Para él, fue una
amarga decepción no haber conseguido regresar a Barcelona”.
Moshé tuvo la suerte que le faltó a su padre. Ha podido visitar
Barcelona, la ciudad en la que nació, aunque sólo sea para comprobar que
el edificio en el que transcurrió su infancia, el de la calle Marqués
del Campo Sagrado 28, fue derruido. Pero sí sobrevive el Mercat de Sant
Antoni, que tantas veces visitó. A sus 79 años, aún planea un nuevo
viaje que también le llevará a Cádiz. Aunque esta vez será distinto.
Esta vez sí sabrá por qué tuvo que partir su vida en dos a los 13 años:
porque fue expulsado. Al fin, el círculo se ha cerrado.